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Quien deambula por la ciudad temprano por la mañana, si no está ya demasiado tenso como para no poder atender a los detalles del paisaje urbano, suele cruzarse con personajes curiosos de todo tipo, desde trajeados ejecutivos cuyo cutis recién afeitado resplandece obscenamente, hasta mendigos que afanosamente se van recolocando los pantalones, hacen pis junto a un seto o se lavan en una fuente pública. En El retrato de Dorian Grey, de O. Wilde, creo recordar que hay unas estupendas páginas dedicadas a esos momentos del día en los que se cruzan los caminos de quienes vuelven de la juerga y quienes van al cautiverio del trabajo, unos recién descansados y los otros recién agotados.
Una de las fuentes de mayores sorpresas es el suelo, zona a la que están particularmente atentos los dueños de los perros madrugadores, en particular los que ya han asumido que durante los alrededor de quince años de la vida de sus animales domésticos tendrán que levantarse, de temprano a muy temprano, para pasearlos. Los que todavía no han asumido su condena, andan malhumorados, farfullando maldiciones contra los miembros de su familia que han acabado por delegar el paseo del can en sus manos, o mirando a los otros paseantes con cierto sentido de culpa, como si supieran que solo los oficinistas o los obreros tienen derecho pleno y obligación de madrugar. Los paseantes de perros, para aliviar su sensación de que son intrusos en el mundo de la madrugada, ni curritos ni juerguistas, fingen tener prisa por volver a casa para después irse corriendo a fichar, se visten como si el paseo canino fuera un mero trámite antes de empezar su verdadera jornada, caminan contrariados como si no aceptaran que un ser inferior, por muy buena persona no humana que sea, tuviera el derecho a no querer oír hablar de hacer caca o pis en casa ni en las fiestas de guardar, como, por otra parte, se le enseñó de cachorro.
Pero quien ya se ha acomodado a su destino, quien incluso está más atento a lo que su perro va descubriendo, a las trayectorias que dibuja su olfato, goza sin parar de las sorpresas que, mimetizadas en el suelo, pasan desapercibidas a la mayoría. Un dueño de perro me ha contado que, junto con su schnauzer, ha encontrado ya en los parques públicos tres teléfonos móviles inteligentes, dos carteras, amén de tantos objetos desagradables, entre los que predominan los preservativos. Por mi parte, al amanecer, he visto sofás flotando en los lagos urbanos, sofás en medio de salones al aire libre, restos de misteriosas juergas entre muñecos, arcoíris dobles y vestigios de extraños rituales o quizá meras casualidades.
Detalles de las exposiciones Aquí estamos, de Richard Avedon, Richard Billingham, Paz Errázuriz y Lilla Szász y Mar de afuera, de Manuel Vilariño (PHotoEspaña, 2012):
Animalojos:
Famojos:
Voy andando por la calle de Alcalá, después de haber tomado una horchata en Alboraya (3’20 euros el tamaño mayor), cuando a la altura del teatro Alcalá, ahora Nuevo teatro Alcalá, veo llegar un cadillac descapotable rojo de los años setenta y, al fondo, un agitado grupo de periodistas armados con potentes cámaras fotográficas. Dudo un instante si salir corriendo o acercarme. Al poco, un fuerza interior me hace sacar del bolsillo mi móvil e incorporarme al grupo de fotógrafos. Entre cada disparo que voy haciendo, me asaltan de nuevo las dudas, que agrupo aquí en un solo paquete: ¿qué hace un chico como tú en un sitio como este, me van a decir algo, tengo derecho a hacerlo, les sentará mal a los fotógrafos que también a ellos les haga fotos, se van a poner a reír los que llevan un objetivo de no menos de 8 centímetros de largo de un móvil como el mío, que más que inteligente es border line? Esas eran la dudas que me entraban, pero cada vez con menos fuerza, porque nadie parece reparar en mí ni en mi aparatejo fotográfico, quizá porque soy una figura, la del advenedizo paparazzo, no tan infrecuente. Por fin, me relajo. Ocurre cuando hasta el padre de la artista, Amador Mohedano Jurado, bien trajeado, con la melenilla sin teñir y al que, un poco apartado del grupo, se le cae la baba por su hija, me pide disculpas por haberse cruzado en la trayectoria de mis instantáneas. Entonces ya, dueño del instante, hasta me acerco a Chayo para decirle, como he visto que hace los paparazzos de verdad, mírame, ponte de este lado , que no me das la cara, Chayo de mi vida. Y ella, toda simpatía, toda promoción de su nuevo espectáculo, el Musical Habana pasión, llena de deseo de agradar, se levanta un poco la falda, pone morritos, se atusa sensualmente su hermosa cabellera o dibuja un hollywoodiano escorzo de cuello.
Mientras tanto, los verdaderos bailarines cubanos están en la puerta del teatro meneándose al son de los instrumentos de percusión con los que se acompañan. Me distraigo un instante y no puedo evitar pensar en lo curioso que resulta que no sean ellos los protagonistas de la situación. Por fortuna, me saca de mi melancolía la intervención de un jefecillo que los mete a todos para dentro a toque de corneta nada sabrosona. Pero ellos no se ofenden ni dan muestras de sentirse maltratados, sino que obedecen y, a paso de baile, van despareciendo. Vuelvo a mirar a Chayo y noto que el encanto, la fiebre de paparazzo por un día que me había entrado ha remitido. Guardo mi móvil y me retiro. A mis espaldas, oigo decir a la vedette que se quema el culete con la chapa del capó sobre el que se había sentado a instancias de otro fotógrafo, porque a mí, neófito en la actividad, no se me habría ocurrido pedirle que se sentara ahí el primer día.
¡O amador! si tu amiga quisiere que penes, pena; e si quisiere que mueras, muere; e si quisiere condenarte, vete al infierno en cuerpo y alma (Sermón, Diego de san Pedro) / libre te quiero, pero no mía, ni de dios, ni de nadie, ni tuya siquiera (A. García Calvo)