Hace 50 años en el iht-nytimes: http://graphics8.nytimes.com/packages/pdf/arts/mock.review.pdf
La conmemoración de hoy: http://www.nytimes.com/2010/05/25/books/25mock.html?ref=books
Por lo demás, poco importa, pero:
Mockingbird Ruiseñor
Hace 50 años en el iht-nytimes: http://graphics8.nytimes.com/packages/pdf/arts/mock.review.pdf
La conmemoración de hoy: http://www.nytimes.com/2010/05/25/books/25mock.html?ref=books
Por lo demás, poco importa, pero:
Mockingbird Ruiseñor
En la audacia y la meticulosidad de su ingeniería, en la gran armonía de sus proporciones y en el elocuente peso de la historia del que está dotado, el Panteón es sin duda la más grande todas las construcciones de la antigua Roma que sobreviven (Hughes, Robert, Roma, una historia cultural, Ed Crítica, 2011, p. 131).
El Panteón es el tercer Panteón. El primero, construido por Marco Agripa en el año 25 antes de Cristo, quedó destruido por el gran incendio del año 80. El segundo, hecho por Domiciano, duró poco: en 110 le cayó un rayo y ardió también. La obra de Adriano, en cambio, duró para siempre. Para que se hagan una idea, sólo en 1958 los técnicos modernos consiguieron levantar una cúpula de hormigón más grande que la del Panteón. Hasta entonces no había sido posible reproducir tal maravilla.Foto: Tropas de asalto turísticas esperan el mejor momento para introducirse en su objetivo.
Aunque el edificio es de Adriano, éste prefirió dedicarlo a Agripa, creador del primer templo: "M. Agrippa L. F. cos tertium fecit" (Marco Agripa, hijo de Lucio, lo hizo en su tercer Consulado). El nombre sugiere que el templo se utilizaba para adorar a todos los dioses. Tal cosa resulta, sin embargo, poco verosímil: los romanos antiguos no tenían costumbre de someter a sus dioses a la promiscuidad de convivir amontonados, y cada uno disponía de sus templos. Fuera para lo que fuera, siglos más tarde se convirtió en iglesia cristiana, fue utilizado para enterrar al pintor Rafael y a varios miembros de la casa real de los Saboya, y en él se celebran misas…Casi no me atrevo a decirlo, porque ocurre rarísimas veces. Lo de que nieve en Roma, digo. ¿Nieva y están en Roma? Corran hacia el Panteón y hagan lo que hace cualquier romano informado: entren y miren al techo, al agujero de la cúpula. Los copos entran en el templo y quedan suspendidos girando en el aire. Sólo eso. Tal vez tengan ocasión de contemplar un espectáculo más sublime, pero dudo que sea en esta vida.
Me da por pensar que esos cuatro personajes uniformados con chaqueta blanca que se encuentran delante del campanario son camareros del Florian. Quizá se han reunido para comentar algo sobre algún cliente imposible o para echarse un cigarro, lo cierto es que resultan un curioso grupo de no turistas, ensimismados con ellos mismos en lugar de estar atentos al escenario, como les ocurre a casi todos los demás.
Félix de Azúa decía hace poco que se iba a jubilar para poder trabajar sin distracciones. A mí lo que más me gusta de este poeta, novelista, ensayista, profesor, gestor cultural, articulista, bloguero son sus gracias. Los libros de humor puro, como los programas televisivos de humor, me resultan muy difíciles de soportar.
A menos que su autor sea uno de los pocos genios del género que ha dado la humanidad o que se trate de obras muy breves, lo que empieza por hacernos reír acaba mortificándonos. Será quizá, porque el humor, como todo lo intenso necesita de mucho paréntesis restablecedor de la calma. Azúa en un maestro en estas cuestiones.
Dos de los libros con los que más me he reído son suyos. Uno es el Diccionario de las Artes y otro, que es el que aquí nos interesa, Venecia de Casanova. De ninguno de los dos recuerdo apenas nada, salvo las risotadas que me produjeron. De otras obras suya que he leído, como Las lecciones suspendidas o Historia de un idiota contada por él mismo no recuerdo nada de nada.
Azúa, Félix, La lecciones suspendidas, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1987. En la foto de arriba otra de sus novelas, Historia de un idiota contada por él mismo, barcelona, RBA, 1994. la primera ed. es de 1986. En esta novela, según M. Sarrión, “hay páginas desternillantes” sobre el grupo de los novísimos (Martínez Sarrión, Antonio, Jazz y días de lluvia, Madrid, Alfaguara, 2002, p., 62). Yo no las recuerdo.
Como articulista Azúa es muy brillante. Buena prueba son las Tribunas de El País. La última, al hilo de la exposición que se está celebrando en el Prado hasta hoy, día 23 de mayo (El arte del poder. La Real Armería y el retrato de corte), era estupenda:
Diccionario de las artes, Barcelona, Anagrama, 2002. La edición original, de 1995, pertenecía a la colección Diccionarios de autor, de Planeta.
Alguna de las voces del Diccionario de las Artes es ejemplo de lo lejos que puede llegar el ingenio culto productivo mezclado a la ironía a la hora de enseñar cultivando. El libro sobre Venecia tampoco tiene desperdicio. La tendencia de Azúa a vacilar cuando lo que está tratando le provoca distanciamiento por falta de fe o desilusión hace que el discurso adquiera un tono cómico admirable. Seguramente el fragmento que he escogido no les haga ninguna gracia, pero les aseguro que los hay mejores, aunque, por otro lado, a mí me resulta que este no está nada mal.
Azúa, Félix, Venecia de Casanova, Barcelona, Planeta, 1990.
El volumen hacía parte de una magnífica colección de monografías dedicadas a momentos históricos de algunas grandes capitales europeas:
Mancha que limpia: muchos de los ejemplares de esta colección, Ciudades en la Historia, acabaron siendo saldados en grandes almacenes. He aquí tres de los mejores, alguno de ellos reeditado posteriormente:
Manuel Vázquez Montalbán, Moscú de la Revolución, 1990; Mendoza, Cristina y Eduardo, Barcelona modernista, 1989, y Benet, Juan, Londres victoriano, 1989.
He aquí el fragmento sobre los cafés venecianos y el Florian:
Azúa, op. cit., 113-14.
Papa terminar reproduzco dos estampas que retratan a Azúa como príncipe del ingenio, de esa chispa inteligente que a J. A. Marina le cuesta concebir como verdaderamente productiva.
1994- Marzo:
Pániker, Salvador, Cuaderno amarillo, Barcelona, Plaza y Janés, 2000, p., 210-11.
José María Caballero Bonald habla de su primer viaje a Barcelona a finales de los años 50. En un momento dado trata sobre sus contactos con los jefes de Seix Barral. Azúa, nacido en 1944 ya prometía. Quizá no tuvo buen señor poético.
Caballero Bonald, José Manuel, La costumbre de vivir, La novela de la memoria II, Madrid, Alfaguara, 2001, p., 195-196.
Texto de presentación de Andreas Krieger
Nunca me gustó Mendel y sus leyes genéticas. Me acuerdo que cuando estudiábamos la Ciencias Naturales de 5º de Bachillerato, aquél era uno de los temas más escabrosos y complejos –junto con el estómago del cangrejo y del caracol- del libro gordo y azul de SM. Ahora sigo sin creer en la genética como arma de salud o de selección.
Sin embargo, y esto no cambia mi aborrecimiento de lo genético, debo decir que en Alberto Martínez –Alberto para los amigos, entre los que tengo el grato placer de encontrarme- este gen es el causante de gran parte de su arte.
No entraré en el eterno tema de si el artista –o “artiZta”, como suelen pronunciar para burlarse- nace o se hace. Es evidente que sin trabajo, sin constancia, sin estudio, sin repetición, sin fracaso y sin acierto, no hay arte. Hay un éxito puntual, un hallazgo llamativo y espontáneo, pero no hay arte. El arte se engrandece de la experiencia, de la sorpresa, del intento, de la búsqueda e, incluso, de la copia.
Pero tampoco es cierta la frase genética esa del artista que nace artista. Es mentira. Aunque ciertamente haya la posibilidad de ver el mundo desde otras perspectivas que no son las habituales, las normales, las de todos los días. Pero eso no tiene que ver al menos con la genética, sino con la esencia misma del alma humana que en ciertos individuos encuentra la forma de asociarse al entorno, al medio, de hacerse uno con él y de mirar con otros ojos lo que para los demás no es más que tedio y normalidad.
Pues bien, repito, sin entrar en esta absurda polémica, debo decir que hay en Alberto un gen especial, que me congratulo de haber localizado, situado y puesto nombre. Es el AM7 –y no tiene nada que ver con los procesadores informáticos, pese a que su nombre así lo parezca-. Es un gen, como digo, especial. Sólo algunos humanos lo poseen y no todos hacen buen uso de él.
Este gen es lo que llamaríamos un “gen calmo”, es decir, un gen que insta a la tranquilidad, al equilibrio, al sosiego. Que empuja al poseedor a mirar las cosas con detenimiento, a ver la realidad con el puntillismo de Seurat, aunque luego termine deshaciendo la imagen como un Van Gogh. Este gen es de por sí lento: lento para actuar, lento para mirar, lento para reaccionar, lento para abrirse. Es un gen que, una vez que entra en actividad, se desarrolla con el calor de la humanidad, de la cordialidad, de la sonrisa, de la mano diestra y delicada, del ojo avizor que descompone el color, que asienta la matriz, que posa el papel húmedo sobre la plancha, que pule los vértices, que suaviza las aristas, que ajusta los milímetros.
Es un gen que detesta la exageración, que aborrece la mancha, que desprecia la prisa. Es un gen que comparte las cervezas en un ático donde el tórculo es el señor del centro, el habitante perenne de la sala. En donde los movimientos se hacen divertidos por la estrechez y porque la tinta espera cualquier descuido. Ático donde conviven los de fuera y los de dentro, donde habita y se alimenta la experiencia.
Pues bien, este gen calmo de Alberto es algo que lo colma. Es imposible estar a su lado y no contemplar su estar, su estado no se sabe bien si dormido o despierto, aunque siempre atento. Es un gen que le impulsa a ser un gran conocedor de la cerveza sin dejarse llevar por el impulso de tragarla sin ton ni son.
Y este gen AM7 además es como la termita o la carcoma, un gran xilófago. Lento pero inexorable. En apariencia caótico y, sin embargo, no taladra lo indebido, no destruye sin oficio, no escarba sin intención.
Recuerdo que desde hace muchos años –quizás desde mi acercamiento a Oriente- me llamaron la atención las xilografías orientales, especialmente las chinas y las japonesas. Con sus caligrafías, pero sobre todo con sus paisajes, escenas y motivos especialmente tallados hasta el infinito, delineados con gubias, perfectos en su dibujo y maravillosos en su estética y en su sugerencia. No sé si Alberto comparte este amor por lo oriental, pero en su mano se agolpa la gubia, el escoplo, la lima, la lija y la cuchilla para transmitir ese sentimiento de naturaleza que sólo la madera es capaz de dar.
La xilografía es bella per se: por su material, por la dificultad de la veta, por la blandura o dureza del material, porque hay que adaptarse a su natura y disposición y no hay dos planchas iguales, de igual modo que no hay dos ramas iguales, ni dos árboles iguales, aunque compartan especie y suelo.
La xilografía no es para todos, ni para los que la hacen ni para los que la observan. En la xilografía nada es como el autor quiere: todo es como el material le deja. Se tiene una imagen, una propuesta, una idea y se necesita silencio, respeto hacia el material, conversación serena con uno mismo y con la natura que en la materia duerme para poder encontrarla, para poder sacarla a la luz, para poder expresarla en su esplendor.
Por todo eso, el hecho de que el AM7 viva en la esencia de Alberto hace que esta charla, que esta disposición entre el artista y el material sea algo espontáneo, subsumido en la misión de expresar lo que la naturaleza quiere y el artista puede. Sólo es posible con este gen calmo que no corre, que no viola las fibras más íntimas de la madera, que no secciona la vida con rayas inútiles, que mima la superficie y que al final, en otro acto de amor, deposita, extiende, expande la tinta sobre la plancha y hace de sus manos un gestor fiel de lo que su alma esconde y sueña: la expresión de lo esencial.
Estoy firmemente convencido –especialmente después de ver tantas series de forenses, médicos, hospitales, CSI’s, etc.- de que, si Alberto no firmara sus grabados y xilografías, todo el mundo sabría que son suyas. Y si alguien se atreviera a copiarlas, pronto se vería que no eran originales, por muy cuidada que fuera su imitación. Sería tan fácil como hacerle la prueba del ADN. Cualquiera de los famosos investigadores vería rápidamente que aquello no era obra de Alberto porque el AM7 no estaría allí, no habitaría la obra.
Para los que no somos artistas, sino meros diletantes en esta obra vital, la posesión de este gen o por este gen se nos antoja envidiable y muchos –especialmente yo- daría parte de lo que poseo por tenerlo entre mis células. Sin embargo, para Alberto su posesión es tan natural y espontánea que muchas veces al verlo, como en los grandes maestros, no parece que sea habitado por él. A lo mejor, hasta el gen calmo necesita sus momentos de calma.
Andreas Krieger
Recuerdo la época en que no tenía visión.
Cada vez que oía la flauta, mi corazón se afligía.
Ahora no tengo sueños vanos en mi almohada,
me limito a dejar que el flautista ejecute el son que le plazca.
(Fu, de T´ai-yüan. Ensayos Sobre Budismo Zen, del Dr. Suzuki)
Sanguineti, Edoardo, Bisbidis, Milano, Feltrinelli, 1987, Codicillo (1982-1984), 18)
La muerte de Sanguineti en la prensa española e italiana:
http://www.ilmanifesto.it/archivi/fuoripagina/anno/2010/mese/05/articolo/2786/
http://www.ilfriuli.it/if/spettacoli/cultura/42490/
http://www.lastampa.it/redazione/cmsSezioni/cultura/201005articoli/55171girata.asp
http://www.mediterraneosur.es/prensa/sanguineti_edoardo.html
http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=388427
http://www.publico.es/culturas/313789/fallece/poeta/italiano/edoardo/sanguineti
Sanguineti, Edoardo, MIkrokosmos, Poesie 1951-2004, Milano, Feltrinelli, 2004, p., 187.
No sé cómo ni por qué, pero Zaragoza aparece por lo menos en un poema de Sanguineti. Eso sí, El Plata pasa a ser la Plata: