sábado, 6 de septiembre de 2014

Las cosas de Nicanor Parra, que ayer cumplió cien años, no más, y la muerte y la doncella, el poeta y la muerte. Cuando la librería americana de París (Shakespeare and company) cierra sus puertas. Reedición de entradas.



La doncella:
¡Lárgate, ah, lárgate!
¡Vete, cruel esqueleto!
¡Soy aún joven, sé amable y vete!
¡Y no me toques!
La muerte:
¡Dame tu mano, dulce y bella criatura!
¡Soy tu amigo y no vengo a castigarte!
¡Confía en mí! ¡No soy cruel!
¡Déjate caer en mis brazos y dormirás plácidamente!
Matthias Claudius 1740-1815

La verdad es que no sé mucho corto que aparece a continuación. Leo que la historia es simple, parecida a una anécdota entre vecinos de rellano, como cuando en Nochebuena te vas a casa deldenfrente porque te has quedado sin limones, te los da, pero a cambio se acuerda de pedirte un poco de perejil. Tan simple como eso, aunque a otro nivel: Spike Jonze, el realizador, conoció a la diseñadora Olympia Le-Tan (los libros del vídeo son, en realidad, los bolsos que diseña ella), y le pidió una tapas bordadas de  El guardián entre el centeno para colgarlas en su casa. La diseñadora aceptó, pero a cambio le pidió una película, que acabó siendo este cortoMourir Auprès de Toi. La primera que lo vi fue en un facebook amigo, deprisa y corriendo, y me pareció enclenque el tratamiento del tema de la visita de la muerte a la doncella, que tiene la lejana referencia del rapto de Perséfone, con la quecomparto el gusto por los granos de granada. El tema, por cierto,  ha dado para un compendio de las artes, música, cine, teatro. También me resultó todo demasiado mono, con demasiados libros mezclados de por medio, un cocktail sin  cuerpo,  a mayor gloria de la diseñadora de bolsos. Pero no deja de tener gracia esa muerte medio boba, que mata sin querer y que sin mérito alguno se liga a la pelirroja.



Algo parecido a la experiencia del corto me pasó con la librería que aparece al principio del corto, La Shakespeare and company, de París. Legendaria donde las haya, aunque no sea la que fundó S. Beach, hay algo en ella de demasiado previsible en su desorden, en la saturación de sus estanterías, en los personajes que la pueblan, como si el efecto turifel, ese que hace imposible que lo excesivamente reproducido en foto pueda ser verdaderamente visto en directo,  afectara incluso a quien no ha visto nunca fotografiado el objeto antes de plantarte frente a él. Basta con haberlo imaginado o soñado. Miro las pocas fotos que hice allí, intentando redescubrir la fuerza de la llamada que me llevó a acercarme, muerto de hambre, agotado de andar por la ciudad, y tan solo en las tulipas verdes sin bombilla de la lámpara encuentro un poco de la magia que me esperaba.





Caigo, sin embargo,  por casualidad de bruces en el estupendo poema de Parra, quizá porque leo que el dueño de la librería hablaba español con acento sudamericano:

EL POETA Y LA MUERTE

A la casa del poeta 
llega la muerte borracha 
ábreme viejo que ando 
buscando una oveja guacha

Estoy enfermo - después 
perdóname vieja lacha

Ábreme viejo cabrón
¿o vai a mohtrar I'hilacha? 
por muy enfermo quehtí 
teníh quiafilame I'hacha

Déjame morir tranquilo 
te digo vieja vizcacha

Mira viejo dehgraciao 
bigoteh e cucaracha 
anteh de morir teníh 
quechame tu güena cacha

La puerta se abrió de golpe: 
Ya - pasa vieja cufufa 
ella que se le empelota 
y el viejo que se lo enchufa

               
de Hojas de parra (Santiago, Ganímedes, 1985)

El poema recitado por N. Parra:


Y a pesar de que me pierdo parte del sabor a causa de mi desconocimiento del español de Chile, me quedo encantado con el trato entre estos dos viejitos. Nada de doncellas seductoras de la muerte, sino la historia canónica, la de la llegada de la guadaña a casa de quien sea y, previo buen rato pasado juntos, despedida definitiva de estos pagos. Será la edad...Hasta el video zarrapastroso que encuentro me gusta.

jueves, 4 de septiembre de 2014

La llamada de placer. Perro espléndido, ¡expulsa a los idólatras!


Chienne splendide, écarte l'idolâtre! (P. Valéry, Le cimetière marin)

Perra espléndida, ¡expulsa a los idólatras! (Trad. J. Guillén)

Ningún verano como aquel. Fue en un pueblo de mar. Dos o tres años tenía y yo no me había hecho aun con él, no lo había aceptado, no transigía con los cambios impuestos por su presencia en mis rutinas, mis manías. Me jodía tener que madrugar como nunca, todos los días, sin excepción.
Ay, pero descubrí una playa casi virgen, sin gente, sin vigilantes, solo con el Atlántico como horizonte, dividido en franjas de tonos azules que acababan fundiéndose con el cielo. El primer día estaba juguetón, me provocaba. Me cogió el bolso y no sé como lo volcó en la orilla. Cayeron las llaves, la cartera, un billete  que llevaba...y no pude atender a todo, los cincuenta euros se los llevó una ola. Llamé por teléfono para desahogarme. Me desgañitaba, me cagaba en todo. Mi voz ronca debía llegar confusa,  una parte se perdía con el viento, sur, levante rolando, poniente, que sé yo. Estaba de mala hostia, pero al otro lado se reían, intentaban calmarme. Y él quería seguir jugando, no entendía de euros, solo de la arena, del agua, de la espléndida mañana, me enseñaba lo que había olvidado, el placer que escondía la playa de Conil de la Frontera, al otro lado del río, a las nueve menos cuarto todavía. Por fin nos bañamos juntos, pero me arañaba, se me pegaba, no me dejaba nadar... y también tardé dos o tres día en aprender, en aceptar que tenía que mover las patas sin parar, en acomodarme a sus jadeos, a su feliz inquietud: salía, entraba, chocaba de pecho con las olas y después se alejaba a nado, con una respiración acompasada y la mirada atenta, se metía demasiado, y yo, como un padre preocupado, empezaba a inquietarme, le llamaba, le advertía, le prometía castigos.
Nunca he sido tan feliz como en el mar de Asturias de pequeño. Uno de los los dolores mayores de mi vida adulta ha sido ver cómo se alejaban aquellos días, aquella playa, aquellas mareas, el Castro batido por las olas, las lapas, las pozas y el riachuelo que se fundía su agua con el agua salada del mar. En la playa de Conil, cuando me volcó el bolso, yo era ya mayor, adulto, había aceptado el final de la infancia, me quería responsable, aceptaba ser un trabajador, padre, marido, leía el periódico, hablaba de política, me preocupaba por las facturas y protestaba en el banco por las comisiones. Para compensar, me permitía ser irónico, exigente, malhumorado a ratos. Él me enseñó a desandar esos caminos, me abrió, como tantas veces ha hecho más adelante, vías de escape. Me dijo, sí, yo me dejaré poner el lazo, entraré en el coche, comeré la comida seca que me das, y te obedeceré de vez en cuando. Tú, por tu parte, tú seguirás trabajando, volviendo a casa por la tarde, tendrás descendencia y lucharás por vivir en pareja, votarás incluso en las elecciones, pedirás aumento de sueldo, comprarás El País casi todos los días de tu vida. Pero ahora estamos aquí, frente al inmenso mar que deja a nuestros pies el aliento de sus olas, el sol nos ciega y el cielo nos hipnotiza, vamos al agua. Tu playa de Asturias es mi futura playa de Conil, comparte conmigo tu recuerdo, que yo comparto contigo mi presente, vuelve a ser feliz.

Un labrador que sabe el camino del mar corre hacia el agua (Fuente):


domingo, 31 de agosto de 2014

Se acaban las vacaciones

 

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Por razones que no vienen al caso, llevo casi todo el verano trabajando, y no creo que a partir de mañana, primer día después de las vacaciones, lo vaya a hacer más. Pero una cosa es trabajar en casa y otra muy distinta tener que sujetarse a horarios impuestos, a actividades rutinarias, a tiempos muertos indeseados, pasar lista, fotocopiar exámenes, dar instrucciones una y otra vez.

Mañana daré un pequeño grito de horror y después, como buen chico cumplidor, me resignaré, cumpliré, intentaré ser amable sin sobreactuar, flexible con las peticiones, etc., pero al llegar a casa, si me quedan las fuerzas, será cuando cuando disfrute de verdad trabajando, preparando clases, intentando poder estar al cabo de pocas semanas a la altura de lo que espero de mí, que la exigencia, como la procesión, va por dentro.

jueves, 28 de agosto de 2014

Una de huesos. El pabellón de Anatomía comparada y Paleontología del Museo de Ciencias Naturales de París (1)

 

Otra de huesos (y animaladas). El pabellón de Anatomía comparada y Paleontología del Museo de Ciencias Naturales de París (2)

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Je n’ai plus que les os

Je n’ai plus que les os, un squelette je semble,
Décharné, dénervé, démusclé, dépulpé,
Que le trait de la mort sans pardon a frappé,
Je n’ose voir mes bras que de peur je ne tremble…(Pierre de Ronsard)

Fotos de las Galeries d’Anatomie comparée et de Paléontologie del MUSÉUM NATIONAL D'HISTOIRE NATURELLE:

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lunes, 25 de agosto de 2014

Hazañas seniles

Tiene la cadera rota, impactada, para ser más precisos. Las dos partes del fémur no se han separado ni astillado. Por eso, además de porque tiene ya noventa años, una ligera insuficiencia cardiaca y toma unas diez pastillas diarias, se ha optado por una terapia conservadora. No se la ha operado como se hace con las personas más jóvenes o con otro tipo de roturas. Al cabo de treinta días los dos trozos del hueso deberían haberse soldado.

Está sentada en un sillón  –de la cama al sillón, recomendaba el informe médico. Junta a ella, su hijo, médico, que ante el irrefrenable impulso de su madre para intentar encaminarse al baño cada vez que tiene ganas de orinar, ha optado por poner una cincha alrededor del sillón, a la altura de la cintura de su madre. Él no quiere ni siquiera que ella haga el ademán de levantarse. Apoyar el pie derecho es precisamente lo que no debe hacer. Quizá porque confía en la medida, en la correa que ha atado con una holgura suficiente como para que  no se sienta demasiado incómoda, pero tampoco pueda escapar,  se ha adormilado. Ha estado de guardia, pero quería pasar un rato con su madre antes de irse a dormir. Cuando se despierta se la encuentra arrodillada delante del sillón. Nadie ha visto cómo pasaba por debajo de la cincha, cómo tiraba dos cojines al suelo delante del sillón y cómo finalmente se dejaba caer de rodillas sobre ellos.

jueves, 14 de agosto de 2014

A la luna llena

Ociosos retornaron los dioses a su hogar, / el país de la poesía, inútiles en un mundo que, / crecido bajo su tutela, / se mantiene por su propia inercia. / Sí, retornaron al hogar, y se llevaron consigo / todo lo bello, todo lo grande, / todos los colores, todos los tonos de la vida,/ y sólo nos quedó la palabra sin alma (Hölderlin, Los dioses de Grecia)

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Los sacerdotes egipcios no comían cebolla, porque es el único vegetal que germina con la luna menguante y se retrae con la luna creciente. Fruto cabezón que desmiente los ritmos naturales y desobedece a la simpatía universal dictada por la batuta suprema de Selene, es de las pocas cosas en la tierra que no se deja seducir por sus efluvios. Venus celeste que todo humedece y hace fructificar, Ártemis protectora de los partos, según Tulio Cicerón, emite el sonido más grave de la música de las esferas. Durante los días de verano, con el cielo descubierto, sorprende a los turistas, que intuyen en ella una invitada inesperada, portadora de una misteriosa alegría que recuerda al fresco vino blanco justo antes de que entontezca la cabeza. Entonces, la luna, mezclando lo mejor de los invisibles ríos que la recorren y los restos del calor vespertino, envía a los seres vivos de la tierra un rocío dorado. La tibieza que nos hace sentir, si hemos cogido antes de salir de casa una rebeca ligera, es enemiga de la sequedad que produce el sol. Lo que este nos quita, aquella nos lo da al anochecer. Uno concentra y la otra distiende. El hermano es pesado, insistente, lleva a crímenes absurdos, porque hacía calor, terco; la hermana desata, relaja, ablanda, disuelve. Entre los dos, seguramente consiguen un perfecto equilibrio, pero yo la prefiero a ella, aunque cuando se va  encogiendo se empequeñezca la pupila de los gatos, descansen las hormigas y me sienta más calvo. Los niños de pecho abandonados al plenilunio están condenados. Su cuerpo acumula demasiados humores, se deforma y no vuelve nunca más a su ser. Quizá fue eso  lo que me pasó, quizá por eso, cuando aparece en el firmamento, a veces la desdeño, me voy a casa a leer, y otras veces, me quedo inmóvil y temeroso ante ella, pieza perdida de un mundo imaginado, último vestigio de un rompecabezas extinguido.

(Alunas de los contenidos del texto provienen de Citati, P, Leopardi, Mondadori, 2011)

From The Works of Jules Verne (1911) Fuente del gif

miércoles, 13 de agosto de 2014

Elogios e historias del perro, según Buffon, y algunas fotos caninas

 

imageDetalle de un cuadro de H. Rousseau

IMGP4170Soldado de la Primera Guerra Mundial con su perro de rescate. Foto de una exposición

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Fragmento de:

Les quadrupèdes : animaux domestiques et animaux sauvages en France ; précédés du Discours sur la nature des animaux(Fuente)

IMGP4118Perro a la espera de ayuda para conectar el cargador de su tableta

Le petit Buffon des enfans, ou Extrait d'histoire naturelle des quadrupèdes, reptiles, poissons et oiseaux

Le petit Buffon des enfans, ou Extrait d'histoire naturelle des quadrupèdes, reptiles, poissons et oiseauxFuente

IMGP3929Esqueletos de distintos cuadrúpedos

Esqueletos y cráneos de perros y lobo:

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miércoles, 30 de julio de 2014

Lila, Atenea o Melusina de arrabal, y su amiga Lenú. Los tres primeros volúmenes de la tetralogía de Elena Ferrante.

R. Estudié Lenguas Clásicas y de joven traduje mucho, por placer, tanto del griego como del latín. Quería aprender a escribir y se me antojaba un ejercicio perfecto. Luego no tenía tiempo suficiente y lo dejé. Dice que se nota esa formación en los libros y la creo gustosamente, pero siempre he pensado que mis mujeres, más que atrapadas en el destino, estaban encerradas en compartimentos histórico-culturales (Entrevista digital a E. Ferrante)


Que Lila tiene los superpoderes de una diosa queda claro enseguida. Ya de niña es capaz de salir volando por la ventana. Cierto es que lo hace propulsada por la fuerza de su padre. Hasta ahí, pase, no por ello se desmentirían sus genes divinos, los dioses niños no dejan de ser niños. El padre es zapatero remendón, es cierto, pero en el Olimpo también abundaban las profesiones manuales. Si no recuerdo mal, Vulcano era herrero y Neptuno una especie de fontanero de los que meten sablazos. Lo verdaderamente sospechoso del vuelo de Lila es el aterrizaje en un patio de un barrio de poco después del Napoles ‘44, y sobre todo el daño que se hace en un brazo. Eso sí que son cosas folletinescas de arrabal. Los hechos memorables del personaje, indicios prematuros de estar tocada  por los dioses –también tocada de la cabeza, en la lectura folletinesca– marcan toda su vida, a medio camino entre la sórdida realidad y la trama mitológica, hasta el final del tercer y, por ahora, último volumen de este ciclo de L’amica geniale con el que he pasado algo más de una semana estupenda.

En español:

 un mal nombre-elena ferrante-9788426421739 las deudas del cuerpo-elena ferrante-9788426401489

- La amiga estupenda, Elena Ferrante, trad. Celia Filipetto, Barcelona,  Lumen, 2012, 392 págs., 24.90 €
- Un mal nombreElena Ferrante , trad. Celia Filipetto, Barcelona Lumen, 2013, 560 págs,, 24.90 €
- Las deudas del cuerpo, Elena Ferrante, trad. Celia Filipetto, Barcelona Lumen, 2014, 480 págs,, 23.65 €

En italiano:


- L’amica geniale (Infanzia, adolescenza), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2011, p. 327, 18’00 €.
- Storia del nuovo cognome (L’amica geniale, Vol. 2º, Giovinezza), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2012, p. 470, 19’50 €.
Storia di chi fugge e di chi resta (L’amica geniale, Vol. 3º, Tempo di mezzo), Elena Ferrante, Roma, Edizioni e/o, 2013, p. 382, 19’50 €.

Está prevista la publicación del cuarto y último volumen para el próximo otoño.

La obra gusta a grandes y medianos, a adolescentes y abuelos como yo, a mujeres y hombres de corazón,  y es que entre semidioses y macarras está cubierta buena parte del espectro humano, de sus virtudes y defectos, de su rebeldía y mansedumbre. Además, tiene como fondo mucho de la historia de la primera república italiana, usos y costumbres populares, la navidad en Nápoles, las vacaciones de verano en el mar, la vida escolar, la violencia doméstica, los años de universidad. Y algunas de esas cosas están narradas con un tinte dramático muy logrado por momentos, como los amores (de verano), simples caprichos que adquieren el dramatismo que conviene a una narración que oscila entre el folletín y la épica mitificadora, allí donde nació la novela, en el paso de lo heroico a lo pequeñoburgués, como conviene a las dos protagonistas. Una de ellas es Lila, doppelgänger de Lenú, la otra protagonista, hija de ujier, con aspiraciones sociales a través del arduo camino del estudio (Normale di Pisa), la cultura (dos libros publicados, por ahora), y los finos saraos de la gente bien. Su ventana al norte no es la de la sabiduría intuitiva, la del irrenunciable compromiso con implícitas leyes sagradas, como ocurre en el caso de Lila, tan capaz de creer como de descreer. Lenú se deja seducir más por los discursos explícitos, en un difícil equilibrio, de nuevo folletinesco, entre la mejora de las condiciones de vida, sus aspiraciones sentimentales y sociales, y el parte metereológico de su corazón, condicionado por la borrasca de un prematuro matrimonio al que ha llegado corta de experiencia. Su marido la desatiende pero, anónimo héroe civil en años de demagogias pseudoizquierdistas, es un filólogo  que sabe limitar las juergas (báquicas) a los libros. Ella, sin embargo, en la conclusión del tercer volumen, está a punto de volar a Francia, encelada con  Nino, semidiós casquivano este, especialista en sottotesti y sottovesti.
Quizá, como en algún momento se señala, Lenú es solar, pero el sol también tiene manchas. En cualquier caso, si así fuera, habría que pensar que Lila es lunar, en una modalidad de oposición complementaria yinyangesca que no me resulta del todo productiva . Lo cierto es que Lenú dice de Lila que es imprevisible. A mí no me lo parece, sino que más bien, en el juego de intercambio de papeles, es ella la que querría serlo. Ya veremos qué pasa  en la cuarta entrega de la obra.
Lila, mi preferida, quizá, es tan griega como medieval, por lo menos en ese rione napolitano de  viejas comadres y bandas de adolescentes en flor  para quienes Nápoles, la ciudad que tienen al cabo de unas paradas de autobús urbano,  se convierte por momentos en scimmia di luce e di follia (Conte, Genova per noi). En medio de ese paisaje abigarrado de camorristas, artesanos, acomodaticios poetas pomicioni, prósperos tenderos, enriquecidos prestamistas, brilla Lila Melusina, griega en la olimpiada matemática del colegio  y  griega también  en el ascenso a la casa de  Ἥφαιστος, encarnado en el usurero Achille, por quien le será reconocido su valor e importancia mediante la correspondiente indemnización (¡Como si un dios camorrista resarciera de los daños sufridos por su culpa a cualquiera!); pero es melusiniana cuando oculta al marido que es un ser superior, no haciéndole partícipe de su singularidad, la smarginatura, un extraño síndrome sagrado. Y también es melusiniana en la concepción del hijo, un vaina de aúpa, fruto corrupto de un cruce de universos. No sé si queda del todo claro por ahora quién es el padre. Desde luego a mí no me lo ha quedado. Pero, poco importa, el designio de la  Melusina medieval es tener un hijo humano y basta.
Dejando a un lado la mayor o menor sintonía con el estilo de la Ferrante, que sin duda lo tiene y bien marcado, cabe señalar que la constante información que se nos proporciona sobre el uso del italiano y del dialetto en situaciones y estados de ánimo que lo propician podría haberse traducido en un verdadero empleo. Sin embargo, el dialetto, término que, contrariamente a lo que ocurre en la tradición filológica española, en italiano sirve para referirse a verdades lenguas, más que a variantes locales del italiano, está muy poco presente en la obra. La narradora, Lenú, es algo relamida en esas cuestiones, pero un poco de rigor filológico no  habría estado de más.
Después de casi 1200 páginas, me queda la sensación de que la narración va perdiendo algo de intensidad a partir del segundo volumen, aunque melodramáticamente cada vez vuele más alto. No sé, quizá porque la infancia es el verdadero infierno, en el descenso al Hades a la búsqueda de las muñecas (las muñecas, uno de los grandes topoi de la Ferrante) o en la escalera hacia la casa de Don Achille, he sentido que se me hacía un agujero en el estómago, un principio de mi propia smarginatura, un resto de  las emociones que busco en la buena literatura. En los episodios de la adolescencia tardía, los amores con Nino, la boda, todavía queda algo de  pureza stendhaliana mezclada a los enredos mitológicos, esos enredos que me ha hecho recordar por momentos otra novela de trasfondo heroicocotidiano, Los infinitos, de Banville,  aunque aquí los dioses estén menos escondidos. Tengo la impresión de que según avanza la obra magna de la Ferrante la confluencia de esferas, del mundo real y el irreal, la invitación a una lectura fantástica con amarre tardo neorrealista -no lo contario- se decanta más por los enredos y tropezones de la vida adulta, la historia menuda, la anécdota novelesca, y eso ya me interesa menos. Queda la smarginatura, sin embargo, como puerta de entrada a la otra esfera, la de la creación que busca un marco mitológico para lo narrado. Amiga real y amiga prodigiosa, como se ha traducido en francés el término geniale, porque al realismo "es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio" (Goethe, Fausto), según figura en la cita que abre todo el ciclo.

domingo, 27 de julio de 2014

Cruceros en Venecia

Los he visto en Cádiz, atracados en el puerto, pegados al borde como camiones aparcados junto a la acera. Son inmensos, brutales, a nada que te acerques un poco ocultan el cielo y te invade la sensación de que estás en la calle de una gran ciudad rodeado de edificios.IMGP3760 Eso si no fuera por el olor del mar, que no logran esconder. Tampoco son ágiles cuando navegan, incluso en el mar tienen el aspecto de una inmensa espinilla en medio del azur. Cuanto más lejos mejor, piensas, porque en la distancia podrían con suerte pasar inadvertidos, ser confundidos a vista de satélite con un modesto barco de pesca. Pero, tampoco es cosa de tomarla con el turismo de masa selecto, como señala  Julio Aramberri en su reseña del  reciente libro de Estrella de Diego ( Rincones de postales. Turismo y hospitalidad, Madrid, Cátedra, 2014, 224 pp. 15 €). La primera andanada contra el turista depredador opuesto al viajero receptivo la oí nada menos que en boca de Rubert de Ventós en una conferencia de la Fundación March. Después, la idea se ha convertido en tópico al uso, presente hasta en las unidades de los libros de texto para estudiantes de lengua extrajera. Seguro que rebuscando en los clásicos latinos ya hay precedentes del vituperio del turista. No sé, a pesar de lo que dice F. Wallace (vid. infra), creo que me apuntaría a un crucero si me dejaran llevar al perro.
Por lo demás, no todo es igualación social  ficticia, glamour y trajes de fiesta. Hasta en estos falansterios del ocio que son los cruceros, pequeñas ciudades felices por decreto, hay semisótanos y viviendas con poca luz, las de los que duermen por debajo del nivel del mar. Supongo que como pasa en las ciudades, sus inquilinos serán los que más visiten los bingos y los billares.
Cuando se acercan a puerto, bajan de la nave grupos de extranjeros, más ancianos cuanto más extemporáneo es el periodo del año para viajar, que se desplazan en grupo por la ciudad, a menudo con gorras o pines que les identifican como cruceristas. Se sabe que solo podrán disfrutar de su visita durante un rato y por eso suelen ser pasto de hechos extraordinarios, robos excelentes, ligues fulgurantes o intempestivas visitas de vendedores de los objetos típicos más insospechados. Esta tendencia a acercarse a la tierra firme (Vid. galería de fotos de Repubblica), a mezclarse moderadamente con los animales de tierra que siguen envueltos en sus rutinas diarias, explica la maniobra que tan cara costó al Costa Concordia italiano, hoy de vuelta a Génova en un complicado remolcamiento.
En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, una especie de versión entre periodística y alucinada de la Divina comedia en clave de Crucero por el Caribe, Foster Wallace despliega su ingenio, por momentos cansino, para retratar el universo variopinto que puebla una de esas naves nave. Concluye que no volvería a apuntarse a otra semejante. 
Foster Wallace, David, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.
Editorial Mondadori
Colección DeBolsillo (2003)
160 páginas
ISBN: 8497592158
He aquí un párrafo de malogrado Wallace.
Me embarqué en un crucero de siete noches por el Caribe a bordo
de un barco que estaba tan limpio y blanco que parecía que lo hubieran
hervido. El color azul de las Antillas occidentales varía entre el azul
de manta infantil y el azul fluorescente: lo mismo que el cielo. Las
temperaturas eran uterinas. El sol parecía regulado de antemano para
nuestra comodidad. La proporción tripulación-pasajeros era de 1,2
tripulantes por cada dos pasajeros. Era un crucero de lujo. Este producto
no es un servicio ni una serie de servicios. Ni siquiera es una semana
de diversión. Es más bien una sensación. Es un producto bona fide: se
supone que esa sensación debe producirse en ustedes: una mezcla de
relajación y estimulación, de indulgencia tranquila y de turismo frenético,
esa mezcla especial de servilismo y condescendencia que se vende bajo las conjugaciones del verbo cuidar. Este verbo salpica los diversos folletos: «Como nunca antes lo han cuidado», «Nuestros jacuzzis y saunas están para cuidarlo», «Deje que lo cuidemos», «Cuídese en los céfiros templados de las Bahamas».
Pero hay algo insoportablemente triste en los cruceros de lujo. A bordo del mío, sobre todo de noche, con toda la diversión organizada, la amabilidad y el ruido del jolgorio, me sentí desesperar. La palabra se ha banalizado ahora por el exceso de uso, pero es una palabra seria y la estoy usando en serio. Para mí, desesperar denota un extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de mi propia pequeñez y futilidad que se presenta como miedo a la muerte. Tal vez se parezca a lo que la gente llama terror o angustia. Pero no acaba de ser como esas cosas. Se parece más a querer morirse a fin de evitar la sensación insoportable de darse cuenta de que uno es pequeño, débil, egoísta y, sin ninguna duda posible, se va a morir. Es querer tirarse por la borda. No me parece un accidente que los cruceros de lujo atraigan sobre todo a gente mayor de cincuenta años, para la que su propia mortalidad ya es más que una abstracción”.
 
Estos días se está celebrando en Milán una exposición de fotos de Gianni Berengo Gardin que documentan la presencia de los grandes cruceros en Venecia. Tiemblan los cimientos de la ciudad con las ondas que producen sus motores, sus sirenas hacen ensordecer las campanas , corren despavoridos a refugiarse los perros que quedan en Venecia y se ruborizan las góndolas, pero ahí están los cruceros, protagonistas de un dañino espectáculo que parece una versión decadente de la Odisea del espacio de Kubrick.
Algunas de las imágenes expuestas:

(Fuente de las fotos)

Venezia, aprile 2013 © Gianni Berengo Gardin - Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia

Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia 
Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia

Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia

Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia

Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia

Mostri a Venezia © Gianni Berengo Gardin. Courtesy Fondazione Forma per la Fotografia
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(Fuente de la foto)