domingo, 14 de junio de 2015

Decadentemente misógina y floral. Fragmentos de À rebours (Huysmans) y fotos de Henri Lartigue

(Fuente de los textos)

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(Fuente de las fotos)

Un dimanche sur l'avenue du Bois de Boulogne - Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

Photos Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photos Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

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Photo Jacques Henri Lartigue 1911

miércoles, 10 de junio de 2015

Viejas cocinas, el sitio donde mejor se está

101317615-f27b56af-0b25-4a8f-8c6c-883795b6fbf7(Fuente de la imagen)

Premisa: olvidarse por un momento de que la cocina es el escenario privilegiado de la desigualdad entre el trabajo doméstico de hombres y mujeres

En las teleseries inglesas de ambientación victoriana, la señora de la casa se planta en la cocina, downstairs, con cualquier excusa, y el señor, muy a menudo, se pasa por allí con la de recordar algo a alguna joven criada o criado; en las teleseries de ambientación franquista, las escenas de peso, donde se cuentan las confidencias, es en la cocina. La cocina es donde,  a primera hora, las parejas que conviven se ven de verdad la cara, que si es de perro es difícil ocultar hasta el final del desayuno, la cocina es donde los padres son recriminados por sus hijos, que les dicen que no saben comer o beber, que se sientan mal y cosas así. La cocina es, en definitiva, el lugar clave de las casas. Por exceso o por defecto, revela la vida familiar y a un buen psicólogo le basta un vistazo a ese cuarto de la casa para diagnosticar el grado de neurosis, el nivel de soledad y hasta la posibilidad de tragedias domésticas.

El desarrollo de la industria del mueble basado en virutas, el llamado mueble modular, combinado con el pretencioso diseño,  ha acercado las cocinas a laboratorios de análisis clínicos, pero apenas ha conseguido quitarle peso como corazón, cerebro y pulmón del hogar. De hecho,  los combinados de salón con cocina incorporada, en sus distintas variantes, esconden la pretensión de tener una buena idem, grande y acogedora, como si se quisiera quitar al salón su seriedad, su frialdad sanitaria. No es solo  cuestión de comodidad lo que lleva al éxito a esas propuestas de distribución del espacio, sino más bien el intento de que no exista un salón como tal, porque ahí uno siempre se siente un poco un invitado y ya se sabe que, a partir de cierta hora, los huéspedes producen incomodad. ¡Qué alegría nos dan los invitados cuando se van!, reza el dicho, y cuando el invitado es uno mismo, la única solución que queda es irse a la cama a perder la conciencia hasta el día siguiente, huyendo del salón, pero pasando por la cocina para llenarse un vasito de agua fría, de leche, para aclararse las manos, para controlar que ella sigue allí, para cerrar la ventana, mirar si en cubo de la basura está cerrado, apagar el piloto del friegaplatos. Todas esas cosas no se hacen si no media el amor, las ganas de dar una especie de beso de buenas noches… a la cocina.

(Fuente de las imágenes)

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martes, 9 de junio de 2015

Castración, a las cinco de la tarde…

 

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un perro solo en la cocina llora
olvidando que es perro y masculino (Pseudo M. Hernández)

A las cinco en punto de la tarde, una enfermera trae a mi perro encapotado con una especie pantalla de lámpara alrededor del cuello. Es para que no se chupe, me dice, ya sabes, son solo unos días. Se pone contento al vernos, nada nuevo.

Yo llevo unos días pensando que menos es más, que con los huevos ausentes se quita un peso de encima y más con tantos años, que para qué va uno (él, él, insisto, él, no yo) a querer el instinto sexual a partir de cierta edad, cuando el cuerpo empieza a ponerse flácido y de aquello queda solo el regusto, la añoranza de una estética. Y, sin embargo, a sus trece años, unos cuantos más de la edad equivalente que tengo yo, al día siguiente ya se acerca de nuevo a las hembras, le pone la pata encima a otro perro castrado, como esas señoronas que daban su mano a besar como si fuera un ancla de carne. Será que los niveles de testosterona tardan en bajar, que castrar no produce el efecto Don Limpio, que si pasa una linda perrita por allí no hay algodón que valga. Será, pero después me dicen que hay perros que siguen haciendo lo mismo después de emasculados. Que no se les pasa, que el cuerpo para un perro es siempre una ocasión para el goce, algo que ni siquiera es necesario convocar para que acuda, algo inmediato, en lo que no se piensa, a lo que las más de las veces se obedece sin rechistar, no un inconveniente como acaba por convertirse con el paso de los años en las personas, alguien al que hay que pedirle permiso, suplicarle, a veces.

Estoy antropomorfizándolo, ya, claro, como si fuera posible no hacerlo.  Me pongo coto por tanto. Pero entonces, si el perro capado sigue acudiendo a la llamada del sexo, será porque ese sexo tiene una memoria, se ha culturalizado, fenomenologizado en vivencias que saltan del pasado al presente y viceversa. Sin llegar a lo que decía M. Cruz hace años:

De tal manera que podría decirse que así como la palabra guarda la memoria del alma, el deseo conserva la memoria del cuerpo. O quizá sea, por desplazar tan sólo un poco la formulación, que el cuerpo tiene su propia memoria y es capaz de ver en el cuerpo que yace a su lado el que fue, aunque ya apenas lo sea; rescata del olvido el brillo del pasado y lo trae, con amorosa delicadeza, hasta el presente, redimiéndolo de la usura del tiempo, del castigo inmisericorde del devenir. Se equivocan quienes creen que los cuerpos se conforman, se resignan, se avienen a lo que les es dado. No. El cuerpo recuerda la plenitud que tuvo aquel otro con el que ahora se está fundiendo. El cuerpo preserva la memoria -su propia memoria- de lo que conoció, de lo que alguna vez fue suyo.No intento referir una ensoñación o una fantasía. Absténganse de sonreír, displicentes, sobrados en su ignorancia, quienes no conozcan esta experiencia: sentir la violenta punzada del deseo al reconocer en ese cuerpo que ha cambiado radicalmente, que casi en nada se parece al de tiempo atrás, sus contornos perdidos, el fresco olor que lo identificaba, la tersura hoy marchita de su piel. Sólo desde esa memoria del cuerpo a la que me he venido refiriendo resulta inteligible tan reveladora experiencia.

Sin llegar a eso, Roco acude a las perras porque lo sabe, porque añora una estética que conoció. Es hoy un pintor que quiere pintar sin pintura, a oscurar, iluminado por el recuerdo, alguien que ha entrado en el ámbito del deseo eterno, algo en lo que que como decía el mismo Cruz, los místicos creían.

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