Exposición conjunta con la escuela de Arte de Huesca

viernes, 29 de enero de 2016

La segunda muerte de Paul Newman



La clase es inmensa. Todavía no ha llegado ningún estudiante y la ambigua sensación que me invade proviene seguramente de esa ausencia, de la gran masa de aire en la que cabría todo un grupo de pecadores del infierno, los condenados por desidia, pongamos por caso. El respaldo de las sillas vacías que asoma ligeramente por encima de las mesas, como rostros inertes, todos iguales, y ese inmenso mapamundi alemán que tengo frente a mí, una Physische Erdkarte del globo terrestre, de una concienzuda casa editorial, subrayan, sin embargo, que el lugar está concebido para los vivos, para un grupo en que deben fluir corrientes de simpatía, emulación,  admiración, las llamadas dinámicas de grupo sobre las que me llegan invitaciones para asistir a cursos que desdeño con soberbia. A veces, en esas dinámicas estaba presente, como un agua que se acelera en rápidos, el deseo, pero hace tiempo ya de eso. Ahora estoy solo, esperando, sin saber si van a venir dos personas, toda la lista de matriculados, dos chicas felices de pasar un año en España, Karolina, hermana de Karol, polacos, y Pauline, bretona.
Karolina, de pequeña, cuando la madre podía permitírselo, iba de vacaciones al mar. Por la tarde, salía a pasear con sus hermanos. Correteaban por la playa y al caer la tarde, como una horda hambrienta, llegaban al hotel. La madre miraba al cielo, se abstraía, y Karolina, la mayor, tomaba el mando de la pequeña banda. Insistía en demostrar la autoridad que le proporcionaba el hecho de ser la primogénita. El nacimiento del hermano siguiente había dado a su madre la oportunidad de corregir el renglón algo torcido que la providencia había dibujado. El nombre que eligieron para él le hizo dudar de sí misma. Me invento todo esto a partir de lo que contó en clase, cuando aprendimos el imperfecto, tan adecuado para describir los rituales veraniegos de la infancia, las costumbres. Las mías prefiero olvidarlas. Pauline, por su parte, es hija de unos padres precursores en el intercambio de casa. Gracias a ello, pasó de niña un mes en Nueva York y otro en Barcelona, pero lo que más le interesaba eran los armarios de sus nuevos hogares. A veces, dormía dentro; otras, caminaba por la casa con los ojos cerrados, a tientas, comparando las nuevas sensaciones con sus recuerdos.
Pero Karolina y Pauline hoy no vienen, se debieron perder ayer en una fiesta de algún pub temático. Y yo mirando el mapamundi alemán (¿cómo es eso que escribió Adorno sobre la poesía y Auschwitz?) me pongo a pensar en los muertos, millones de muertos, miles de millones sobre esa colorida costra terrestre tan bien perfilada, muertos confundidos con ella, convertidos en un fértil compost que ayuda a alimentar a los vivos, futuro fértil compost para la siguiente generación. Un río de vida lleno de recuerdos y partículas que a su vez remiten a otros recuerdos y partículas. La costra terrestre, como los cementerios judíos, está formada por estratos de muerte que va dejando espacio al siguiente turno gracias a la transformación en compost, pues, si no, acabaríamos precipitándonos al vacío a causa del peso, nos hundiríamos, morirse sería como coger el tranvía en el que me voy a montar a empujones dentro de un rato, cuando me convenza de que hoy no van a venir. ¿Cómo pico, si no hay manera de llegar a la máquina entre estos zombies que no paran de empujar ?
Últimamente, todo me habla de muerte, la busco en los libros,  empiezo a encontrármela sin salir del barrio, donde antes iba a pasar las navidades, sin leer las esquelas del periódico, cercita, al ritmo de las estaciones que van pasando en sentido contrario.
No vienen, no vienen, me digo y para consolarme me voy algo confundido a por una botellita de agua, de las baratas, no de esas azules, Solaz de carpas, que reservo para las ocasiones. Contemplo el espectáculo del brazo armado que  agarra mi botellita hasta hacerla desaparecer por un instante. Se abre la compuerta, la recojo y me marcho. El ruido de las vueltas me hace retroceder. Definitivamente, estoy trastornado, la mala noticia sobre la verruga en el belfo de Roco me ha descompuesto. Tendría que haberle llevado antes al veterinario. No sé si hundirme o no, hay veces en las que es posible elegir, convertir el saco de mierda que podríamos echarnos encima en un ligero trolley con cuatro ruedas, basta pensar que se aprende de la experiencia, que tomas nota para la próxima vez y cosas así.
Un impulso me espolea a abrir facebook en el teléfono. Es raro, más que nada por la hora, las once, una hora intempestiva para la repercusión mediática, pero no cabe duda, Paul Newuman se ha perdido el desayuno de hoy. Su representante ha anunciado su muerte.
"¡Qué bonito, oh, qué bonito. Tienen unas cosas lo niños que son muy curiosas, esta soy yo, ¿tú te lo crees? Mira las orejas de asno, pero estoy orgullosa, es mi hijo el que lo ha hecho".
"Mi favorito es este, lo tengo en la oficina, siempre que lo veo, me cambia la cara".
"¡La ilusión que nos hizo ver el dibujo en la galleta. Había ganado el concurso. Lo hemos enmarcado y todo".
"Detrás de cada dibujo hay mucho más que un dibujo y detrás de cada desayuno Tostarica hay mucho más que un desayuno, cereales, vitaminas, hierro, calcio y dibujos que alimentan su imaginación. Participa en la quinta edición del concurso Tostarica". Detrás de cada clase sin alumnos,  hay un inmenso mapamundi de una editorial alemana colgado en la pared. La publicidad es una diosa que nació armada con un bistutí y Paul Newman ha vuelto a morir hoy antes de mojar sus galletas en coffee milk.
Cuelgo la noticia en mi blog, ya con la duda de si ha ocurrido hoy o fue hace años. Ni siquiera he abierto el artículo para comprobar la fecha. He tenido extraños pálpitos, señales de alarma que no he atendido. Una muerte como la suya era un bonbón,  me ha calmado, como la lectura de las esquelas, que nos ofende levemente, pero equivale a una caricia a deshora. Al rato casi  agradeces, porque sigues vivo. La alegría de los funerales, los polvos que se echan las parejas al volver de la funeraria gritan al mundo que se han muerto los otros, allá ellos. Más allá del primer grado de parentesco no hay respeto.
Como si el blog fuera el armario de un pariente recién fallecido, tengo la sensación de estar en contacto con objetos que conservan todavía algo de la vida que acaba de terminar. Quizá soy de los primeros en hacerme eco... Quién sabe por qué, pero ante este mapamundi proyecto en la muerte del actor, alguien que además nunca me interesó demasiado, una especie de inexplicable pena.
Al día siguiente, miro el número de entradas y compruebo que la segunda  muerte de Paul Newman, banal como mi desazón, es el enlace más visitado del mes. Unidos todos en la pena por Paul Newman. Dentro de unas semanas probaré con la segunda muerte de Bowie. How I miss you!


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